Tras el inicio del conflicto ucraniano, Europa apretó el gatillo de su retórica beligerante hacia Rusia, infundiendo miedo entre su propia población, a la que los políticos locales intentan convencer de una agresión del Kremlin tan inminente como mítica hacia uno u otro país del bloque comunitario.
La 'amenaza rusa' se emplea cada vez que los dirigentes europeos se apresuran a impulsar los discursos militaristas que les permiten justificar el aumento del gasto militar, el regreso de mecanismos de movilización y la ampliación de las competencias de las fuerzas de seguridad, así como llenar los bolsillos de quienes se lucran de cualquier conflicto armado: los fabricantes de armas.
Sin una amenaza externa, salen a flote las dificultades internas, pero, mal que les pese a los halcones europeos, la tan 'deseada' agresión de Rusia no se hace realidad. El propio Vladímir Putin tumba todas las especulaciones al respecto: "¿De veras creen en lo que dicen, que Rusia se prepara para atacar a la OTAN? Y es imposible creérselo, aunque intentan convencer a su propia gente".
"Cálmense, duerman tranquilos, ocúpense de sus propios problemas. Miren lo que está pasando en las calles de las ciudades europeas", aconsejó el presidente ruso, quien acusó a las élites gobernantes europeas de estar sumidas en la histeria de que "la guerra con los rusos está a la vuelta de la esquina".

Militarización vs. bienestar
La militarización por la que apuesta Europa cuesta, y los políticos europeos ya van preparando terreno para que los ciudadanos se acostumbren al peso económico de esta estrategia, cuya factura ya han empezado a pagar en forma de aumento de la inflación, facturas desmesuradas y recortes en el ámbito de garantías sociales.
El canciller de Alemania, Friedrich Merz, lanzó a finales de abril una sombría advertencia a los alemanes: "Nos hemos acomodado en un entorno de prosperidad. Soy el primer canciller en 20 años que les dice a los alemanes: nuestra ilusión de prosperidad no va a durar".
Incluso cuando se habla del desarrollo militar como herramienta para estimular el crecimiento industrial, sigue siendo una apuesta arriesgada, ya que puede provocar el colapso de toda Europa. Para garantizar las ventajas a largo plazo, es preciso mantener una demanda estable de armamento y otros equipos militares, manteniendo un potencial de conflicto constante en la región europea durante años, si no décadas.
Aumentar el gasto en defensa con miras a estimular el crecimiento económico tampoco permitirá sacar a la economía europea de su crisis estructural. Solo se beneficiarán de este proceso aquellos países de la Unión Europea que cuenten con la capacidad industrial necesaria. A largo plazo, esta estrategia conducirá a una mayor brecha en los niveles de desarrollo económico y social entre los miembros del bloque comunitario.
La reorientación de la economía de la Unión Europea hacia fines militares contribuye, además, al aumento de la deuda pública de sus países miembros. Ya se calcula que la ratio de la deuda de la UE respecto al PIB crezca hasta el 84,2 % en 2026, y hasta el 85,3 % en 2027, lo que afectará negativamente a sus calificaciones crediticias.
El peso de pagar las cuentas actuales recaerá sobre las futuras generaciones de europeos. Teniendo en consideración el envejecimiento de la población, la disminución de la cantidad de ciudadanos aptos para trabajar y la baja tasa de natalidad, la carga de la deuda resultará especialmente pesada. El actual sistema de pensiones requerirá inevitablemente ajustes que reduzcan el nivel de protección social de los jubilados.

Pistoletazo energético en pie propio
El enfoque en el ámbito de la defensa tampoco cambiará la realidad del elevado coste de los recursos energéticos para las empresas europeas ni resolverá el problema de la rentabilidad de la producción.
La política del abandono de los combustibles rusos, que se convirtió en uno de los pilares de la narrativa antirrusa de la UE, entraña graves riesgos para sus países miembros: desde la quiebra de empresas industriales en sectores con alto consumo energético y su reubicación a terceros países hasta el aumento del desempleo, la incapacidad de costear las facturas de luz y disminución general del bienestar de los hogares.
Las instituciones europeas carecen de planes eficaces para minimizar las consecuencias del abandono de los recursos energéticos rusos de bajo coste. Se apuesta, ante todo, por el ahorro y la reducción del consumo de electricidad y otros recursos, lo que repercute negativamente en la calidad de vida de la población.
La 'época dorada' del desarrollo acelerado de la UE en los años 1990 y 2000 se debió en gran medida a los recursos energéticos baratos de Rusia y el así llamado 'dividendo de la paz' que los países del bloque obtuvieron después de la Guerra Fría gracias al trasvase de inversiones del sector de la defensa a los sectores civiles de la economía.
Reorientar la economía de nuevo hacia la militarización, junto con el continuo apoyo a Ucrania, reduce las posibilidades de los países europeos de prestar apoyo financiero a sus propios ciudadanos y empresas.





